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A fuerza de soportarla, en los últimos años nos hemos ido acomodando a esa perversión de la política moderna que consiste en decir todo lo contrario de lo que se piensa, de tal manera que, cuando uno ve o lee una entrevista con algún político, más que atender a sus propuestas tiende a recrearse en el espectáculo impagable del escamoteo argumental, de la recurrida perífrasis o de la escandalosa contradicción, cuando no de la pura mentira. Y como el aluvión cotidiano de noticias convierte en inútil cualquier ejercicio de memoria, y la coherencia en un valor en desuso, el político dice hoy una cosa con la tranquilidad de quien puede decir mañana lo contrario, sabiendo que apenas hará mella en la opinión que de él tengan sus acólitos. A veces, este juego de birlibirloque se lleva tan al límite, se carga de tanto pleonasmo y tanta vacuidad, que el contenido se asemeja a cero. Ahora, por ejemplo, al socaire de la crisis, la degradación del discurso político se está llevando a su máxima expresión, haciendo que las propuestas, declaraciones, planteamientos que se observan cada día ya no sean de derechas ni de izquierdas, progresistas o conservadores, programáticos o coyunturales, sino meros movimientos espasmódicos de una clase política capaz de vender a su madre, esto es, a sus principios fundacionales, con tal de arañar un mísero voto. El show de la energía nuclear resulta, en ese sentido, paradigmático, con una derecha que siempre la ha defendido, pero que torpedea el intento del Gobierno de buscar una ubicación para los residuos, y un Gobierno que cierra Garoña con un argumento para justificar el vertedero con su contrario. Ah, la coherencia, esa lengua muerta. Y, si la energía nuclear se antoja paradigmática, el debate en torno a la jubilación deviene en la gran explosión, el gran juego de artificio, la noche de fiesta para esta clase política que hace tiempo que en nada cree, sino en el rédito electoral inmediato. Por un lado, un Gobierno en plena decadencia, incapaz de marcar los tiempos y de manejar con seriedad una reflexión, quizá necesaria, sobre el futuro de las pensiones, sumiendo a la opinión pública en el desconcierto y precisamente sobre uno de los asuntos en los que es más sensible; por otro, una oposición trilera que defiende en privado la ampliación de la edad de la jubilación, pero que, ante la jugosa perspectiva que le dan los sondeos, no sólo se limita a acallar esa convicción en público, sino que se atreve a criticar la perspectiva de una reforma del sistema. En medio de semejante melé, donde nada es no ya blanco o negro, sino siquiera gris, acabaremos añorando a los políticos que crean en algo y lo defiendan a capa y espada, que nos hablen como a seres inteligentes para poder asentir o discrepar, que nos liberen de este marasmo donde nada es lo que parece, y que de seguir así acabará haciéndonos votar, en el improbable caso de que se presente, a la mismísima Providencia.
Escrito por Álvaro Otero
a las 14:40 |
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El suplicio tirrénico |
26/01/2010 |
El pueblo etrusco, que habitó el centro de la actual Italia y vivió su mayor esplendor entre los siglos VII y IV a. C., ha pasado a la Historia por el fastuoso estilo de vida de sus clases pudientes, por su inclinación al disfrute de los placeres terrenales y por la equiparación de derechos entre sus hombres y mujeres, superior incluso, en algunos aspectos, a la actualidad. También, por la crueldad con la que se conducía en la guerra, porque sólo en la tortura, como la luz y la sombra de una misma cultura, alcanzaron los etruscos un grado de refinamiento semejante al que mostraban en la búsqueda del placer. Los griegos, sus eternos enemigos, describían aterrorizados el llamado “suplicio tirrénico”, que consistía en atar a un prisionero vivo contra otro muerto, manos con manos y boca con boca, para dejarlo morir bajo el abrazo putrefacto de su compañero. El mismo Virgilio, el poeta romano que en la imaginación habría de guiar a Dante en su descenso al Infierno y al Purgatorio, hizo alusión también a esta “espantosa tortura” en sus escritos, tan impresionado por su retorcida simplicidad como lo seguimos estando sus lectores dos mil años después, y a buen seguro preguntándose cómo demonios habrían llegado los de Etruria a idear semejante tormento. Y yo me acordé del suplicio tirrénico, y creí encontrar por fin una respuesta a este milenario interrogante, al ver las imágenes del desastre haitiano: quizá, sencillamente, copiaron el suplicio mayor de la Naturaleza. Porque, si todo desastre natural provoca en el Hombre ese terror que se le hace insoportable, el terror a las fuerzas telúricas que no controla, que no domina, que no puede prever, al caso concreto de los terremotos se añade otro elemento adicional: el miedo a ser enterrado en vida, el miedo a no tener dónde escapar porque es toda la Tierra, todo nuestro territorio, el que tiembla y puede sepultarte. El miedo tirrénico. Unos bomberos españoles contaban el caso, estos días, de una muchacha de catorce años a la que intentaron rescatar bajo los escombros de lo que había sido su casa, en Puerto Príncipe. Tras horas de arduo trabajo habían logrado acercarse a sólo unos metros de donde se encontraba, hasta el punto de poder oírla y saber, por ella misma, que llevaba cinco días atrapada junto al cadáver de su madre. Se apresuraron, pues, a abrir un hueco entre los cascajos para poder sacarla de allí, pero en ese momento llegaron efectivos de la ONU que los obligaron a retirarse porque se estaban produciendo tiroteos muy cerca y peligraba su propia seguridad. La muchacha quedó abandonada a su suerte, y yo, al conocer la noticia, los detalles de tanto sufrimiento y malfario acumulados, de ese persistente ensañamiento del destino con los más débiles, me acordé no sólo de Virgilio, sino de aquel “si Dios existe, perdonará mi duda”, el lamento agnóstico y desesperado de Julio Cortázar. Luego supimos que fue rescatada con vida por otros bomberos, canadienses, que accedieron al lugar tras la refriega. Y la solidaridad de los hombres, por esta vez, libró a la infortunada del abrazo tirrénico de la Naturaleza.
Escrito por Álvaro Otero
a las 17:48 |
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Harto de que el afán aventurero de algunos acabe costándole un congo al erario autonómico, el Gobierno asturiano ha instaurado una tasa para los rescates de personas que se hayan perdido o sufrido accidentes en las montañas a causa de su propia negligencia o audacia incontrolada. Disuasoria y progresiva, puede superar los dos mil euros para los émulos de sir Edmund Hillary que desprecien los partes meteorológicos o el mero sentido común. En Cataluña y Cantabria existen impuestos similares, y en el conjunto de España el coste de los rescates y ayudas en el mar debe ser asumido por los particulares cuando se producen por parecidas razones. Hace algunos años, mi querido Gustavo Luca de Tena y quien este suscribe, navegando en un velero un poco desastroso que quizá no por casualidad se llamaba L´Imprudant, quedamos al albur de las corrientes ártabras sin viento, ni motor ni radio. Solicitamos ayuda por teléfono móvil y se nos dio en tiempo y forma. Nos remolcaron hasta puerto y allí mismo, a pie de muelle, sin más demora, pasamos por caja. Nada que objetar. La cuestión es por qué no se aplica la misma lógica al ámbito internacional. Aquí hay dos grandes tipos de percances: los empresariales y los personales. De los primeros es claro ejemplo el Alakrana. El Estado español ha empleado tiempo y recursos para rescatar a sus tripulantes. En esa lucha estuvimos todos y volveríamos a hacerlo, pero de ahí a sostener que el Gobierno debería proteger la flota con efectivos militares media un abismo. Los atuneros van a esas aguas por negocio, y cada empresa debe evaluar los riesgos de trabajar en la zona y, en su caso, computar la seguridad entre los costes de explotación. Pero después, claro, están las aventuras particulares, donde se llevan la palma los coroneles tapiocas, los reporteros por libre y a lo loco, proclives al percance incruento que les de fama, y sobre todo los solidarios incontrolados. Sobre éstos últimos podría escribirse todo un tratado, pero digamos apenas ahora que dentro de ellos destaca el subgénero que todavía practica la vieja solidaridad neocolonial tipo Reyes Magos o llena el camión y corre, que hace la delicias de las hordas de fanáticos que desde hace tiempo cazan a la espera en áreas como el Sahel. También les alienta la convicción burguesa de que las buenas intenciones sirven de salvoconducto ante la miseria y los horrores de este mundo, error de bulto de cuyas trágicas consecuencias somos testigos estos días. La gente de Cáritas, los misioneros combonianos de Mundo Negro, la Cruz Roja, los Médicos sin Fronteras llevan años ahí, en el tajo, sin provocar quebraderos de cabeza al Moratinos de turno. Merecen nuestro profundo respeto. Los Willie Fogg en busca de guerra, o afiebrados de solidaraditis, son, definitivamente, otra cosa.
Escrito por Álvaro Otero
a las 13:14 |
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Álvaro Otero
Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.
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LO
QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner. "La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music. Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.
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