Novela de jóvenes |
15/03/2010 |
In memoriam Miguel Delibes
1 En aquella parte del río los alisos y los chopos ponían techo a la corriente. El agua apenas llegaba a la cintura, y podía verse el fondo pedregoso. Allí se remansaba en las raíces de los árboles, contenida también por la pequeña presa de piedra y hormigón que habían construido para el riego de los campos. Podían darse veinte brazadas en aquella balsa en dirección a las montañas. El río llegaba hasta la presa desde el interior, dividido en numerosos brazos serpenteantes y estrechos. De cuando en cuando, se oían los disparos de los cazadores. En el camino, habían encontrado a muchos de ellos en grupos, subidos a los remolques de los tractores como si fueran de fiesta. Bebían vino y cantaban canciones. Algunos les saludaban al adelantarlos. Delia vestía un bikini de un azul intenso, con ribetes amarillos. Se había recogido el pelo en una coleta escasa y dorada. Tenía la piel muy blanca, de una suavidad olorosa, como de esencia de espliego. Sobre su toalla, en el pequeño calvero de hierba junto a la orilla, se rendía ante el sol con una languidez que a él aún le fascinaba. La miraba desde el agua, sumergido hasta el cuello, recién nacido a las aguas frías. Me quedaría toda la vida aquí, pensó. Luego dijo aquellas mismas palabras ante Delia, y ella bromeó: "A veces resultas tan cursi". Pero no era un reproche.
2 Junto a la caseta de tiro, Delia y él sorbían un vino dulce mientras esperaban a otra pareja. "Luego me gustaría ver al mago", pidió Delia. Él prefería probar su puntería. La caseta tenía un gran cartel con letras doradas, iluminadas por bombillas rojas. "No quiero una muñeca... Éstos se están retrasando". "¡Mira! Ahí están". Él sacó de uno de sus bolsillos un puñado de confeti y lo arrojó sobre los recién llegados. "¡Está lloviendo!", gritó a continuación. No sólo caían los pedacitos de papel de colores: gruesas gotas de agua comenzaron a estrellarse contra el suelo. La gente corrió de un lado a otro buscando refugio. Ellos también. "¡Mirad!" Delia señalaba la caseta de tiro. Saltaban chispas de las bombillas. Llovía con fuerza. Al momento se apagaron todas. Los mostradores que servían bebidas se habían quedado vacíos. Los camareros colocaban las sillas del revés, sobre las mesas, para que no se mojaran los asientos. El cielo se iluminó de repente por los rayos. Los chillidos de los niños se hacían eco de los truenos. La lluvia repiqueteaba sobre las lonas de la carpa del circo. Corrieron hacia ella. En el interior, dos hombres vestidos de payasos, con sus grandes botas y sus narices rojas, trataban de hacer sentarse al público. "¿Podemos ver al mago?", preguntó Delia a uno de los payasos, que compuso una mueca que daba más miedo que risa. El otro payaso les dijo que sólo debían pagar dos entradas: esa noche las chicas entraban gratis.
Escrito por Julián Rodríguez
a las 9:9 |
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La luz y las polillas |
15/02/2010 |
Él era así. Con el tiempo, conocí a otras mujeres que habían sido sus novias, sus amantes, conocí a alguien que fue su amigo. Nadie sabía mucho de él, de cómo era realmente. Duro, dijo aquel amigo, y sonó como una bofetada en la cara. Yo tampoco lo defendí, aunque sabía que no era cierto. ¿Qué significa duro referido a una persona? Un adjetivo mal empleado. Al día siguiente, todo tan distinto: pasé trece horas con él en la cama. Una euforia que se escapaba por las rendijas de la puerta, de las ventanas. Algo que no era felicidad pero que se le parecía. Y ganas de dormir después, de dormir sabiendo que aquello iba a durar, que no se acababa en la noche siguiente. Las primeras noches sin él, si salía de viaje en alguno de aquellos trabajos que mi padre llamaba peregrinos, no podía dormir. Pensé que si cansaba mis músculos, mis huesos, llegaría el sueño. Comencé a caminar durante horas cada día, pero no sentía el cansancio. Por la noche, me sentaba frente al televisor y esperaba a que amaneciera. No podía soñar, pero podía imaginar durante horas: imaginaba que mi madre aún estaba viva, que yo cumplía al día siguiente veinte años. Imaginaba que éramos adolescentes todavía y nos conocíamos en la piscina del barrio y me invitaba a salir esa misma tarde, y que nunca me abandonaba. Imaginaba también que me llevaba a pasear por la orilla de un río que yo no conocía, un lugar del que él me había hablado en la cama, con almendros sembrados entre el cauce y la muralla que cercaban aquel pueblo. Imaginaba que allí éramos felices los dos. A veces una se deja llevar por sus fantasías, por deseos que lo entorpecen todo, que complican más tarde la vida. No me envió ni una postal, nunca, y eso que la esperé. Una postal hubiera bastado. Sigo vivo, por ejemplo. O: No volveré. Me hubiera quedado más tranquila. Yo pensaba todo el tiempo en el viento de octubre, no sé por qué en ese mes precisamente. Me decía: ve al gimnasio. Y quise apuntarme a un gimnasio. Pero tampoco allí hubiera sentido el cansancio. Conviértete en ama de casa. Una casa solitaria y alquilada y con poco que planchar, con poco que lavar, con poco que hacer. Hubo días enteros que pasé riéndome de mí misma. Tal vez fue la risa la que me sacó de la casa, la que me empujó a la calle. Y, bueno, de alguna manera, todo empezó a cambiar. Dejé de pensar únicamente en una página del periódico: la página dedicada a la televisión. Nada mejor que hacer. Una buena compañía durante aquel tiempo. Ver la televisión como salir de viaje, como salir a pasear, como ir al teatro o a un concierto. Cursos de idiomas en un canal, a media mañana, cursos de gimnasia en otro, poco más tarde, o concursos. Películas de madrugada, sin ganas de irme a la cama, sin sueño. Es curioso: me digo que sin la televisión todo habría sido peor, la soledad habría sido peor. A él, que siempre quería tenerla encendida, contra mi voluntad, le habría hecho gracia, seguro, pero no he tenido oportunidad de contárselo. Así lo digo: Sin la televisión la soledad habría sido peor, como un lema mío, mío y nuevo, un lema para pasar el tiempo. Tienes que venirte a vivir conmigo. He soñado que me decía eso. Aquella proposición la he mezclado con otros sueños. Me la hizo en el lago. Hay pesadillas en las que paseo por el bosque que hay entre la ciudad y ese sitio. Quizá pesadillas que otras mujeres también han tenido, o que tendrán. Mujeres que son todavía muy jóvenes y al mismo tiempo no lo son, quizá mujeres madres o mujeres hijas simplemente. Mujeres amantes que hacen el amor en coches que apagan las luces cerca de la orilla. Como si el futuro de una vida en común, expresión tan tonta, las atrajera igual que un imán, que la luz a las polillas.
Escrito por Julián Rodríguez
a las 9:51 |
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Un libro demasiado olvidado |
10/02/2010 |
En ocasiones uno, como lector o como editor, se pregunta por qué un libro así pasa inadvertido. ¿Quizá porque es "pequeño": por su tamaño, por sus pocas páginas? Es éste un hermoso libro tan "grande", tan singular (y está tan olvidado) que quiero servirme del blog para hablar brevemente de su autor y reproducir algunas de sus palabras en Crónica de un tiempo perdido.
Primero: Giuseppe Cesare Abba nació en Cairo Montenotte en 1838 y murió en Brescia en 1910. Desde muy joven sintió gran pasión por la historia, la poesía y la filosofía, y comenzó sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Génova, que dejó, influido por las ideas de Mazzini y la Joven Italia, para alistarse en la caballería y, poco después, en el ejército de Garibaldi, quien trataba de unificar toda Italia. Así, formaría parte de la famosa expedición al Reino de las Dos Sicilias de los mil camisas rojas (conocidos como los Mil), expedición a la que luego dedicó algunos de sus más conocidos textos. En 1862, tras la llamada Segunda Guerra de la Independencia, asiste a la Universidad en Pisa, hasta 1866, cuando vuelve como voluntario al ejército de Garibaldi para combatir contra los austriacos. Tras esta campaña, se instala en su pueblo para ejercer como alcalde del mismo y, más tarde, como profesor en Faenza o Brescia, hasta aceptar el cargo de senador del reino en 1910, poco antes de su muerte y tras un largo período dedicado a la escritura de crónicas y manuales relacionados con sus experiencias garibaldianas y su gran conocimiento del país. Aunque en su época fue más conocido por libros tan ambiciosos como Le rive della Bormida nel 1794 (1875) o Noterelle d'uno dei Mille (que tuvo diferentes versiones y que publicó finalmente como Da Quarto al Volturno en 1891), hoy tienen más interés sus breves textos memorialísticos y ensayísticos, entre otros Cose vedute, Le Alpi nostre, Cose garibaldine, Ricordi e meditazioni o la Crónica de un tiempo perdido que Martín López-Vega ha traducido para nosotros, para la editorial Periférica.
Segundo: "Quien desde el castillo de Cosseria busca el mar con la mirada a través de la garganta de Cadibona descubre los perfiles grises de un edificio destruido por completo, construido antaño como guardia de aquel paso predestinado. Se trata del fuerte de Altare, nombre bello e inspirador para aquellos que tuvieran que morir contra cualquier enemigo que se obstinase en cruzarlo. Casi a los pies del fuerte, en la aldea que le da nombre, vive laborioso un pueblo de vidrieros, antiguo, rico y gentil. Son descendientes de una primavera sacra de Fiamminghi, venidos siglos atrás a meterse en aquella garganta, cuando eran casi vírgenes los bosques; y conservan algo de lo que fueron en la finura del rostro, en los sonidos del habla, en la obstinación en el trabajo. ¡Qué alegría para ellos y para todos si el viejo cañón del fuerte, hastiado hoy, mañana, para siempre, bostezara todo el aburrimiento que allí se sufre! El obrero, chorreante de sudor, sopla a través de la caña una bola de cristal incandescente, y en un parpadeo le da graciosa forma. ¡Que dure, dirá, que dure, oh soldado, vuestro aburrimiento! ¡He aquí un vaso bien hecho, brindemos por la paz!"
Escrito por Julián Rodríguez
a las 15:0 |
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Julián Rodríguez
Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968), director literario de la editorial independiente Periférica, ha publicado sus libros en diferentes sellos del Grupo Random House Mondadori: en 2001 apareció su primera novela, Lo improbable (Debate); en 2002 un volumen con tres novelas cortas, La sombra y la penumbra (Debate); y en 2006, su segunda novela, Ninguna necesidad (Mondadori), elegida por los críticos del diario El País como uno de los diez mejores libros de narrativa en español del añoo y Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España. Recientemente, estos tres libros de ficción han aparecido en un solo volumen bajo el título Lo improbable y otras novelas (Debolsillo).
En 2004, fue elegido Nuevo Talento FNAC por su libro Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya; 2ª edición en Debolsillo, 2008), con el que abrió un ciclo de "no ficción", entre autobiográfico y ensayístico, llamado "Piezas de resistencia", y del que acaba de publicar su segunda entrega: Cultivos (Mondadori). |
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LO
QUE LEO:
| Fuck America, de Edgar Hilsenrath. Una desconcertante y exitosa combinación de “distintos” tipos de novela, casi de géneros. Un cruce feliz, y, como es natural: crudo y desopilante, entre John Fante y Georges Hyvernaud. Como si el primero le hubiera añadido unas cuantas páginas suyas a La piel y los huesos, escrita por el segundo... Y publicada por Errata Naturae, una de las nuevas editoriales que más me gustan. |
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ESCUCHANDO:
| Aunque ya hace un montón de meses que viene sonando en casa, Si bajo de espaldas no me da miedo vuelve a cobrar actualidad con cada escucha, o con cada conversación que gira sobre el grupo que lo firma: Pony Bravo; propuesta, por decirlo con palabras de Juan de Mairena, tan “andaluza como universal”. Y resalto lo de “andaluza” porque aquí me parece un valor más. Es decir, la singularidad de Pony Bravo nace precisamente, creo yo, de no negar sus raíces. ¿El hit? Sin duda, “El Rayo”, ideal para pasear una mañana de sábado por Sevilla o México DF con mucho mucho “groove”. |
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