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Píldoras de pura vida
Llega a las librerias una cuidada colección de relatos de O. Henry, uno de los maestros de la narración corta
O. Henry, cuyo verdadero nombre era William Sidney Porter, tuvo una vida digna de novela. Nació en Carolina del Norte en 1862. A los veinte años se trasladó a Texas, donde se casó y tuvo dos hijos. En 1894, mientras trabajaba en el First National Bank de Austin, fue acusado de apropiarse de cuatro mil dólares. Huyó a Honduras, donde vivió siete años, pero al enterarse de la enfermedad incurable de su esposa regresó y cumplió una condena de tres años en Ohio. En la cárcel empezó a escribir historias cortas para mantener a su familia, y tras su liberación en 1901, cambió su nombre por el de O.Henry y se trasladó a Nueva York. Entre 1903 y 1906 escribió un cuento semanal para la revista "New York World" y varios cuentos para otras revistas que le dieron una gran popularidad. Sus relatos cortos se convirtieron en ejemplo de construcción circular con un remate sorpresivo y teatral. Minado por el alcoholismo crónico y los problemas económicos, murió en Nueva York en 1910. Desde 1919 el O.Henry Award es el premio más prestigioso de Estados Unidos para relatos breves. Entre sus ganadores se cuentan narradores como William Faulkner, Dorothy Parker, John Updike, Truman Capote o Raymond Carver.
Los cuentos de O. Henry tienen una característica que los hace inconfundibles, su final con sorpresa. La última línea resuelve, siempre con maestría, una trama compleja en su camino por los sentimientos, pero clara en la descripción de sus protagonistas. Jorge Luis Borges, que lo admiraba profundamente, dijo de él: "Edgar Allan Poe sostenía que todo cuento debe redactarse en función de su desenlace; O. Henry exageró esta doctrina y llegó así al trick story, al relato en cuya línea final acecha una sorpresa".
'Esto no es un cuento y otros cuentos', editado por Barataría recoge doce historias de nítida escritura, sentido del humor paradójico y un estilo directo, con una técnica que hoy llamaríamos cinematográfica. O. Henry decía que en Nueva York hay cuatro millones de historias, las de sus cuatro millones de habitantes: desde el amor al negocio del heroísmo, desde el periodismo a la caballerosidad sureñas, las leyes capitalistas de la oferta y la demanda o los indios civilizados que estudian griego y sólo arrancan la cabellera de sus contrincantes en los partidos de fútbol americano. Sus narraciones cargadas de humor y de un enorme pragmatismo nos cuentan hechos insólitos en las vidas de gente corriente.
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