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> Los entresijos de la realidad


"...Las prendas reversibles fascinan por lo que se percibe en ellas de anormal. Uno se las compra con la idea de ir cada día de un color..."


Una explicación científica

Hay multitud de cosas a las que no se puede volver del revés sin que llamen seriamente la atención: un ornitorrinco, por ejemplo, causaría el espanto por doquier. Y no hay que irse tan lejos: a usted o a mí nos ponen con los huesos al aire libre y la piel sumida en las profundidades corporales, y no llegamos ni a la esquina sin que nos hayan abatido a pedradas. A la persona con menos doble intención del universo le das la vuelta y se convierte en algo insólito. Pero no pensemos en los ornitorrincos, ni en los laringólogos: un simple canario con las plumas por dentro y el estómago por fuera nos pondría los pelos de punta. Así que imagínense una casa, una nevera, un microondas, una estilográfica, un lavavajillas. Con todo, nada sería tan llamativo como un cajero automático con sus riñones, sus pulmones, su páncreas, todas sus vísceras, en fin, al aire libre, incluido el dinero. ¿Quién tendría la sangre fría de introducir una tarjeta en ese monstruo?
Las cosas no son iguales por el lado de dentro y por el de fuera, eso está claro. De hecho, las prendas reversibles fascinan por lo que se percibe en ellas de anormal. Uno se las compra con la idea de ir cada día de un color, pero lo cierto es que luego siempre se llevan del mismo, porque uno de los lados, inexplicablemente, desarrolla en seguida una extraña vocación de forro. O de víscera. Nunca le hemos dado la vuelta a una lombriz, pero incluso ese animal tan poco complejo debe de tener el exterior un poco diferente al interior.
Sólo hay un ser, que se encuentra por cierto en la frontera entre el mundo animal e inerte, al que le puedes dar la vuelta sin que nadie, ni él mismo, lo advierta: el calcetín. Es más: lo normal es que tengamos que mirarlo atentamente para no ponérnoslo del revés por las mañanas. Claro, que no todos los calcetines son iguales. Los que yo llevaba de pequeño, blancos y cortos por lo general, eran absolutamente inofensivos, como los gusanos de seda, que cultivábamos en cajas de zapatos. Los peligrosos, los enigmáticos, los impenetrables, eran los calcetines negros y largos de los adultos. Muchas veces me acercaba clandestinamente al armario de mi padre, tomaba entre mis manos uno de aquellos seres oscuros y alargados y me lo llevaba a mi cuarto, donde intentaba comprenderlo. Recuerdo que, con cierta aprensión, introducía la mano hasta el final y le daba la vuelta para comprobar, fascinado, que era incomprensible por ambos lados. Nunca logré averiguar de qué se alimentaban. Tampoco hoy, que utilizo unos muy parecidos, he llegado a saberlo. Y, sin embargo, observándolos sobre la moqueta, tan largos y tan negros, he tenido con frecuencia la certidumbre de que hacían disimuladamente la digestión de algo: tal vez de nuestros callos o durezas. En ellos se simboliza para mí la complejidad simple del universo, al que imagino como un inmenso calcetín que unas veces está de un lado y otras de otro sin que sepamos cuándo ni por qué. De ahí, quizá, las variaciones en los estados de ánimo que van del lunes al martes o del martes al miércoles. Si no, es que no se explican.


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