El núcleo de la historia2 Diciembre 2008

1. Todos los fuegos del fuego

Vemos a un joven que está quemando fotos. Se halla junto a una chimenea, y la ciudad parece Budapest. El hombre disfruta viendo como arde su novia, porque está quemando fotos de su novia, según creo entender de pronto. Arden sus días con ella en aquella aldea junto al Danubio, arde la noche en que cenaron en aquel café de Berlín, arde su historia, porque está quemando documentos reales de momentos reales junto a ella. No quiere que queden huellas gráficas de aquellos momentos, no quiere que queden pruebas. Pero ¿entonces? ¿Ha habido algún asesinato? No, el asesinato, no tan simbólico como parece, se está produciendo ahora. Owl me dice

-“Estás viendo el núcleo de la historia.
El núcleo de la historia no son las batallas de Napoleón
o el descubrimiento de América.

“El núcleo de la historia es fuego.

“Todo lo omitido y lo borrado,
todo lo que ardió y quedó en la oscuridad,
todo lo que se destruyó y se ocultó (todo lo que quedó adentro).
El fuego, una vez más.
El núcleo de la historia es fuego, como el núcleo del planeta.

“Fuego.

“En su esencia nuclear, la historia es la crónica del fuego,
de todo lo que ha ardido, de todo lo que se ha extinguido.
Parece una broma: la historia es la crónica
de una combustión sin límites
que conecta con la idea cristiana del infierno:

“Fuego inextinguible.

Owl parece cada vez más arrebatado por su discurso ígneo cuando decide trasmitirme una nueva revelación:

-Pero no quiero que malinterpretes esta visión de la historia ni que te cieguen las llamas. A ver si nos entendemos. Estamos hablando del núcleo de la historia y no de su superficie, en la que nos movemos. Todo arde, cierto, pero al mismo tiempo sabemos cómo ardió, y a veces con una exactitud escalofriante. Sabemos que ardió Pompeya, y también sabemos de qué manera lo hizo, en qué circunstancias y hasta sabemos lo que sintieron los pompeyanos en aquella noche negra. Lo sabemos. Somos fuego que tiene memoria de si mismo y nos gustaría ser inextinguibles, ¿no es cierto?, tan inextinguibles como pueda serlo el universo. ¿Y si el fuego fuera la proyección más definitiva del universo y la vida fuese fuego apoyándose en fuego y conservando en sí misma toda la memoria del fuego y todos los fuegos del fuego?

-A veces me sumerges en dimensiones de pesadilla.

-Ja, ja, ¿en serio? Te contaré un cuento: érase una vez un ser consciente que vivía en un sistema periférico de la Vía Láctea. Un sistema gobernado por el fuego, ya que el ser del que hablamos habitaba un planeta al amparo del fuego solar, y al cobijo del fuego nuclear que avivaba desde dentro el planeta. Dos fuegos, uno interior y otro exterior, amparaban a ese fuego intermedio que era ese ser consciente. Y esa conciencia , puesto que habían aparecido a través de las inmensas vicisitudes de la materia que le habían precedido, aspiraba a ser eterna, al menos como especie, a pesar de las inmensas vicisitudes de la materia que iban a continuar amenazando su existencia.

Leer más

La constelación Stardust24 Noviembre 2008

1.

(Iconoclastas e idólatras)

Si, estamos en Polonia una noche de verano. Las estrellas se apiñan en el cielo y a nuestra derecha vemos un bosque de árboles negros desde el que llegan a veces sonidos de disparos.

El tren vuelve a silbar, ahora más cerca. Lo vemos pasar más allá de una pradera y una casa ferroviaria. Junto a la casa vemos una especie de piscina sin agua en la que dos hombres vierten gasolina sobre miles y miles de fotografías que colman el fondo de la piscina.

Luego salen de la alberca y prenden fuego a los montones de fotografías. Más tarde cogen dos palas y van echando más fotografías a las llamas.

Están quemando las imágenes que traían en sus carteras los deportados. Primero queman a los deportados y luego sus fotografías.

No solo queman instantáneas que son recuerdos, también queman las pruebas del crimen. No sólo están quemando muchas historias personales, también están quemando la Historia en sí, su misma sustancia.

Entonces me doy cuenta de que más allá de la pradera y la vía se halla un campo de concentración. Los lugareños llaman a ese lugar la Ciudad Prohibida, la Ciudad de la Niebla, la Ciudad del Olvido, la Ciudad de la Tristeza, la Ciudad de la Ceniza, la Ciudad de las Llamas, la Ciudad del Fuego.

Muchos nombres para designar un mismo infierno.

Vuelvo a mirar a los dos hombres que queman fotos. Son soldados alemanes y mientras llevan a cabo su trabajo cuentan chistes verdes. Cualquiera que los viera como Owl y yo diría que son unos iconoclastas, y efectivamente lo son. Odian esas imágenes que están quemando: odian esos símbolos, esos signos, esas huellas, esas representaciones. Las odian. Pero al mismo tiempo son idólatras y llevan en su cartera, junto a las fotos de su mujer y sus hijos, una estampa del Fürher a todo color: el Fürher pegado a su esposa y a sus niños, formando con ellos un mismo universo emocional: Alberta, Katiette, Hans y Adolf, que en su cartera son un solo cuerpo místico. Ninguno de los dos hombres se atrevería a escupir sobre las fotos que llevan en sus carteras y quemarlas les produciría algo parecido al horror sagrado. Combinan la idolatría con la piromanía, esencias de la guerra, pues la guerra necesita para emerger en un primer momento la idolatría, y en un segundo momento la piromanía a gran escala.

Un tren acaba de detenerse en el apeadero del campo. Unos de los hombres dice:

-Hans, ya llega el tren correo. Mañana habrá que quemar más fotos.

Leer más

Quemando libros (III) · Manual para viajeros17 Noviembre 2008

Quemando libros III VOLAR

(MORELIANA)

Me gustaría hablar un poco de la narración que se va deslizando por este blog, y que tiene una estructura musical. En toda esta primera parte se han ido adelantando temas, que eran temas filosóficos pero que aparecían como temas musicales y literarios, con varios leitmotivs.

Todo lo anterior ha cumplido la función de una obertura operística, en la que se vislumbran los hilos que van a conformar la línea del conflicto y la línea musical.

Pero ahora empezamos a adentrarnos de forma más definida en la sustancia del blog y lo que antes estaba sólo apuntado conquistará su verdadera función:

TALADRAR LA REALIDAD
E ILUMINAR LA MATERIA DE LA VIDA

Los cambios narrativos, los diferentes niveles horizontales y verticales, los desvanecimientos, las resurrecciones, los conflictos, las paradojas, los silencios, los clamores, los vaivenes bruscos, son necesarios para que el lector sienta el blog como una experiencia, y las experiencias reales se caracterizan por ser vertiginosamente cambiantes.

Se trataría de entrar en algo parecido a una dimensión desconocida que iluminara de otra manera la dimensión más aparentemente conocida por el viviente: la vida.

POSTDATA

-Una de las formas más comunes de desplazarse por el espacio y el tiempo es por proyección –me dijo Owl mientras tomábamos una cerveza en el café Izmir-. En la historia, unos momentos se proyectan en otros, como en un juego de espejos perdiéndose en el infinito. Cojamos como ejemplo la quema de libros que tan vivamente percibiste el otro día. Ves a los nazis quemando libros, retrocedes, ves a la Inquisición quemando libros, retrocedes, ves a los musulmanes quemando libros, retrocedes, ves a los cristianos quemando libros, retrocedes, ves a los romanos quemando libros, retrocedes, ves a los chinos quemando libros, retrocedes…. Te vas deslizando por una proyección con un mismo leitmotiv: quemar libros. ¿Dónde acaba y donde empieza esa proyección? Mejor ni te lo preguntes. Ja, ja.

-¿Por qué te ríes?

-Porque me haces gracia. Alegra esa cara, hombre, y pidamos otra cerveza. Nos calentará el alma y nos preparará para lo que nos aguarda más allá de la frontera.

-¿Qué nos aguarda y de qué frontera me hablas?

-Nos aguarda la emoción, eso te lo puedo asegurar, y en lo referente a la frontera… Yo sólo hablo de una frontera fundamental: la que separa la mentira de la verdad. Lo irás comprobando estos días: yo digo siempre la verdad, y sobre todo cuando miento. Para dejarlo todo más claro, digamos que nos aguarda la emoción de la verdad ¿Me das un beso?

-¡Vete al diablo! ¿Por qué tengo que darte un beso?

-Por respeto y admiración. ¿Tan mermado eres que no conoces la deliciosa pasión de la idolatría?

-Estás como una cabra y me quieres volver loco. ¿Pretendes que te idolatre?

Owl contestó a mis palabras con una carcajada monumental. Harto de sus risas, giré la cabeza y me di cuenta de que ya no estábamos en Paris y en el café Izmir. Estábamos en algún lugar de Polonia y a lo lejos silbaba un tren.

(Próxima entrega: QUEMANDO FOTOS I: ICONOCLASTAS E IDÓLATRAS)

Quemando libros (II)4 Noviembre 2008

Quemando libros II

Los hombres de la cruz gamada detuvieron su mirada en la estrella prendida a mi abrigo. El más corpulento de los dos desenfundó la pistola y disparó.

La bala se iba acercando a mí.

Yo la veía, brillante y metálica, atravesando la atmósfera del café como el cohete de aquella novela de Verne atravesaba la atmósfera de la Tierra. Iba a la velocidad adecuada, pero yo notaba que el tiempo se estiraba y estiraba, dividiéndose en miríadas y miríadas de fragmentos. Aún veía el proyectil muy lejos. Sabía que tardaría en llegar. ¿Cuánto? Una millonésima de segundo, pero ¿cuántos fragmentos de tiempo infinitesimal puede albergar una millonésima de segundo?

La bala se iba acercando a mí.

Entonces pensé que la célebre sentencia de Heine referida a que se empieza quemando libros y se acaba quemando hombres no dejaba de ser una triste realidad que los nazis estaban consumando con fidelidad absoluta, pero no explicaba el hecho en sí de la quema ni lo que pueden significar las destrucciones públicas de libros. Quemar libros es ante todo quemar memoria, sean o no libros de historia, y son los sistemas que necesitan quemar memoria los más propensos a organizar quemas rituales de libros como las que estaban organizando los alemanes. Cabía suponer además que sólo necesitan quemar memoria los sistemas que quieren establecer una nueva memoria y una nueva historia: los que se presentan ante el mundo como un “orden nuevo” y que justamente por eso quieren establecer también una nueva memoria del mundo.

La bala se iba acercando a mí.

Por mi mente empezaron a desfilar imágenes de Qin Shi Huang-di, el emperador que unificó China y que además de construir la gran muralla ordenó quemar todos los libros. Veía rollos ardiendo ante la Gran Muralla. El viento se llevaba sus cenizas. Ardían el Libro de las Odas, el Libro de Los Hechos Extraordinarios, El Libro del Cielo, El libro de los Maestros Primordiales…

La bala se iba acercando a mí.

Qin Shi Huang-di desebaba que con él comenzase China, el mundo y la historia. Pero la propia historia puede resentirse con las influencias exteriores; levantemos pues una gran muralla entre el imperio y el mundo exterior y habremos cerrado el círculo. Dos hechos, la muralla y el fuego destructor de libros que conforman una unidad dialéctica, como más tarde diría Borges, aunque con otras palabras. Y así cabe decir que quemar libros es construir murallas: murallas entre nosotros y el pasado, entre nosotros y el presente (que al ser despojado de pasado pierde su sentido y su sustancia), entre nosotros y el saber, entre nosotros y nuestra propia memoria. Y es también crear, artificialmente, agujeros negros en el seno mismo de las culturas, que empiezan tragando libros y acaban tragando colectividades enteras.

La bala se iba acercando a mí.

Nuevas hogueras fueron apareciendo en mi mente. Veía a los romanos, a los cristianos y a los musulmanes quemando libros. Lo hacían en diferentes épocas pero la escena era parecida: como si fuese una escena que se proyectaba periódicamente en el tiempo. Y pensé. el cristianismo y el Islam quemaron libros despojándonos de la parte de la memoria de Grecia y Roma que no les interesaba o que no podían asimilar, la España de la Contrarreforma quemó libros, la Revolución Francesa quemó libros… Luego volvió la imagen de los nazis cuando corría el mes de mayo de 1933. Hitler le decía a Hermann Rauschning que no deseaba una educación de tipo intelectual, “pues con ella se echa a perder a la juventud” y añadía: “En mi ordenación social crecerá una juventud ante la cual temblará el mundo. Quiero jóvenes violentos, altivos, implacables, crueles”. Oía sus palabras desde muy cerca y pensaba que si alguien quiere establecer un orden donde la violencia, la altivez y la crueldad van a ser ensalzadas y promovidas como virtudes cardinales desde el aparato mismo del Estado se hace necesario abolir de un plumazo toda la tradición humanista que ha puesto en cuestionamiento el ejercicio de la violencia y de la crueldad: para empezar, tienes que renunciar a buena parte de la tradición filosófica, ya desde la antigüedad, y para terminar tienes que abolir también buena parte de la tradición cristiana.

La bala se iba acercando a mí.

Afuera la gente cantaba y repartía fraternalmente la bebida mientras los libros ardían. Las llamas avivaban la noche, que desde el café parecía roja.

La bala continuaba acercándose a mí.

Y mientras permanecía esperando el desenlace veía nuevas quemas de libros. Ahora eran los soviéticos los que se entregaban a la tarea de destruir la memoria. La bala iba ya a perforar mi cráneo cuando oí una carcajada y el proyectil se desintegró en el aire justo antes de rozar mi piel. Miré hacia el lugar del que procedía la risa y vi a Owl que en tono jovial me decía:

-Si el fuego recordara todos los libros que ha devorado, serían muchos más que los ahogados que a veces recuerda el mar. ¿Qué te ha parecido la experiencia, caro amico? ¿Te gustaría que diésemos un paseo por el núcleo mismo de la historia?

-¡¡¡Nooo!!! –grité sintiendo que me faltaba el aire.

-Ja, ja –rió con violencia Owl-. La suerte está echada y aquí no cabe la negación. Prepárate para modificar tu visión de la vida y de la muerte. Nos vamos de viaje al centro de la realidad.

Quemando libros (I)31 Octubre 2008

Quemando libros

Tardé algunos días en darme cuenta de que el hombre que se había acercado a mí en París era Owl, y tardé porque la imagen de nosotros mismo que proyectamos en los sueños es muy diferente a la que proyectamos en la vigilia. A veces hasta puede ser opuesta.

Como si anduviera siguiendo mis pasos, quince días después de mi estancia en Le Marais, me hallaba en el café Opern de Berlín cuando vi entrar a Owl en el establecimiento con un traje negro y la sonrisa en la boca. Se sentó a mi mesa, extrajo de mi paquete un cigarrillo y lo acercó a mí para que se lo encendiera. Lo hice. Owl dio una calada, dos, y susurró:

-¿A que ya sabes quién soy? El otro día tuve que influir sobre tu mente para que hicieses memoria y recordases que ya nos habíamos visto en alguno de tus transportes.

-¿Ha qué has venido? –pregunté.

-A decirte por segunda vez, y quien avisa no es traidor, que le cierres a la gente las puertas de Shambala. Es el último aviso del Consejo. También te prohíben terminantemente hablar de la medicina soberana. No estás autorizado.

-Lo sé.

-Pues si lo sabes es de tarados mentales no obedecer al propio saber.

-Obedeceré a mi propio saber. Lo prometo. Hace días que cerré las puertas de Shambala a los profanos, pero, de todas formas, me gustaría seguir con el blog.

-Puedes hacerlo, pero manteniendo el secreto fundamental. Habla de las memeces de la vida cotidiana. Es lo que le gusta a la gente.

-¡Eso jamás!

-Entonces habla de lo que está pasando ahora.

-¿Y qué está pasando?

-Están quemando muchos libros. ¿No oyes el crepitar de las llamas?

Miré hacia la calle y me di cuenta de que habíamos retrocedido en el tiempo y que afuera había un grupo de nazis en torno a una hoguera. Para mi gran sorpresa, Owl empezó a reírse a carcajadas.

-¿Por qué te ríes? –grité.

-Porque aún no sabes lo peor.

En ese instante Owl desapareció y, de pronto, me vi solo en el café. Afuera los nazis gritaban y echaban libros a la hoguera. “Esto es una pesadilla de la que tengo que salir”, me dije a mí mismo. Entonces me miré mejor y descubrí que llevaba cosida en mi abrigo la estrella de David. Aún no había salido de mi asombro cuando al elevar los ojos comprobé que dos nazis acababan de entrar en el café. Llevaban sendas pistolas al cinto y se reían de las llamas. Les divertía perder la memoria. “Es bueno perderla cuando hay que apretar mucho el gatillo”, pensé en el instante en que uno de ellos se fijaba en mí.