P · Cuente un poco de usted mismo: dónde vive, su entorno familiar...
R · Me gusta poco hablar de mí mismo, tal vez porque toda representación de mí mismo la delego en las novelas, o tal vez porque soy un ávido defensor de lo privado. Pero puedo decirle que vivo en Madrid, que amo esta ciudad llena de contrastes y de gente diferente, y que procedo de una ciudad históricamente muy importante, capital de un Imperio, Valladolid, a la que vuelvo como se vuelve a visitar a una madre rica, vieja y nada cariñosa.
P · Tiene usted muchas ocupaciones: escritor, editor, traductor, poeta, crítico de literatura. ¿Qué de todo esto es lo que más le atrae, o mejor le define? ¿Qué género prefiere escribir? ¿Cuándo tiene tiempo para escribir? Cuente, por favor, un poco sobre cómo se desarrolla uno de sus días laborales.
R · Sólo me defino como escritor, es lo que me da la identidad. Pero curiosamente, o fatídicamente, sólo considero que el escritor es escritor mientras escribe. Cuando no, es otra cosa, lo que sea que asuma como profesión. Yo he tenido la suerte o la condena de hacer del libro mi práctica vital, y he asumido todos los aspectos del libro desde hace muchos años, treinta ya, o más. Me gusta mucho traducir, porque es una especie de deporte. Y la poesía es una manera de seguir el mapa de las cosas de este mundo con un poco de cordura y mucho de aventura. En cuanto al tiempo para escribir, ésta es la gran pregunta que todo el mundo me hace: “¿Cuándo saca tiempo, con todo lo que hace al día?”. La verdad es que no sé ni cómo ni cuándo se han escrito mis libros. A veces tengo la sensación de que se han escrito solos. No sé, será cuestión de ser ordenado, vital y un poco libertario, sin muchos límites. Mis días laborables se desarrollan en una controlada esquizofrenia entre mis responsabilidades profesionales de ejecutivo de una empresa editorial que es la más importante del mundo en español, y mi necesidad de sacar tiempo –y disfrutarlo- para todo lo que puede enriquecerme o darme experiencias.
P · Ha traducido de otros idiomas al español. ¿Le interesaría estudiar hebreo?
R · De hecho hace unos meses he empezado a estudiar hebreo. Me ha atraído toda mi vida, desde joven. Las letras, los sonidos, la belleza de su grafía y de su sonido. La asociación que posee para mí con toda la cultura y la espiritualidad judías, que me fascinan como un destino al que me veo abocado, como una búsqueda de algo que aún no he puesto nombre, pero que ha empezado por el amor, el amor a una mujer judía, de la que me enamoré y que ha supuesto la más intensa experiencia hasta ahora vivida.
P · ¿Cómo empezó su contacto con lo judío? He leído que con 13 años se declaró judío. ¿Por qué? ¿Qué le atrajo? ¿Ha visitado Israel? ¿Cuál es su contacto con la religión?
R · Empezaré por el final: soy ateo, no soy religioso, nunca lo he sido, pero soy proclive a lo espiritual como parte del sentido materialista de la vida, de la filosofía y de la literatura. Tengo un claro sentido metafórico, y esa faceta de lo poético es también una faceta espiritual. He visitado Israel y me enamoré de este país donde todavía no existe la decepción ni la decadencia, y todo me pareció que aún gozaba de la incertidumbre de lo posible, de lo deseado. Pero intelectualmente, por mis lecturas y mis conocimientos, siempre amé Israel. Un país duro, que me fue antipático cuando lo visité, un país sin contemplaciones, pero me parece –no sé por qué aún- que está asociado a mi destino. Me gustaría morir aquí. Y sí, a los 13 años, en el colegio –en Valladolid, ciudad cristianísima y visigotísima-, llegué y dije: “Soy judío”. Lo curioso es que todo el mundo me creyó, porque en el fondo lo pensaban ya.
P · ¿Conoce al escritor italiano Erri de Luca, conocido también como simpatizante de Israel y con el judaísmo. ¿Se ha encontrado alguna vez con él?
R · No lo conozco personalmente pero he leído alguno de sus libros. Creo que él es religioso. Yo aún poseo mucho energía grecofenicia en mis genes, y de ahí creo que se decante mi judaísmo moral, de la voluntad intelectual, de la palabra. Tal vez en su caso pase igual.
P · ¿Cómo empezó su interés por el Holocausto? ¿La escena en la que el protagonista está afectado por las fotos del Holocausto es autobiográfica?
R · Sí lo es. La impresión profunda por el Holocausto procede de los documentales y fotos y libros que veía, primero de niño y luego de adolescente, con mi padre, en la televisión, en los cines, en la biblioteca familiar, nada grande por otra parte, de pocos libros, pero que aproveché muy bien. De ahí nació un sentimiento, desde muy joven, por hacer justicia, por reparar un enorme mal, por contribuir a restituir la vida y la memoria cercenadas. Esto lo encaucé hacia intereses políticos progresistas, de izquierdas, en los años 70 y 80. Mi “judeidad” es de izquierdas, como siempre se sintió en mi entorno el avance político de lo que significa Israel: una conquista de la libertad.
P · En la novela el protagonista dice: “me sentí judío… me sentí víctima”. Y en otro pasaje: “Leí testimonios, busqué testigos… me sentí como judío… o como cada uno de los víctimas perseguidas”. ¿Se siente una especie de superviviente del Holocausto? ¿Acaso alguien que no lo sintió en su propio carne puede llegar a sentirse de esa forma?
R · Creo sinceramente que sólo así, como víctima, se puede sentir el Holocausto, incluso para quien no lo ha vivido, para quien ni siquiera, como en mi caso, lo ha rozado. Pero esa ausencia de experiencia directa no me quita el derecho de todo hombre por sentir el Holocausto como una gran división de la condición humana que obliga a una elección: o se es víctima o se es verdugo. Y quien de pronto se siente compadecido, sublevado o dolido por tan enorme atrocidad sólo puede ser víctima. La condición que ennoblece al hombre, y también la que da derecho a la denuncia y la liberación, es la de víctima. Lo que ocurre es que hoy en día es una palabra demasiado pervertida, y manipulada.
P · ¿Ha pensado alguna vez en la fuerza simbólica que tiene su nombre, Adolfo? Adolfo que escribe sobre las atrocidades cometidas por aquel Adolf
R · Pues no lo he pensado. No creo que aquel Adolf sea dueño de su nombre. Hubo muchos Adolfs antes que él y después de él. En mi caso, mi padre de llama Adolfo, y su padrino se llamaba Adolfo. Y era picador de toros y cantaor flamenco. También sabrá que significa lobo. A mí me gustan mucho los lobos. Me identifico con ellos.
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