Primera Persona › EntrevistasEntrevista de Einat Talmon

Entrevista de Einat Talmon (I)

P ·  ¿Cuándo comenzó su interés en el Holocausto y por qué halló la necesidad de llevar ese interés hasta un grado de profundidad tal que acabó escribiendo una novela?

R · Mi interés viene desde la adolescencia y mi primera juventud, donde empezó a fraguarse una necesidad de justicia con respecto a los judíos. Pero fue algo que me sucedió a mí sólo, de golpe, y que no tuvo ninguna continuación en mi vida, más que el interés humano. Luego, con el tiempo, encontré la puerta para fijarlo como una obsesión: la literatura. Sólo escribiendo una novela “diferente” podría hacer justicia a mi manera.

P · Hurbinek es un personaje secundario en 'La tregua', ¿qué encontró en él que le llamó la atención para intentar descifrar su vida?

R · En Hurbinek encuentro el sentido brutal y sin paliativos del símbolo de todos los niños muertos, de todos los adultos muertos en los campos. Me llamó la atención en cuanto testimonio de su existencia sólo –y digo sólo como algo terrible- por las palabras, breves, que Levi le dedica. Y sobre todo la conciencia que tiene Levi de que, haciéndolo, escribiendo, esa vida no se perderá, por breve e insignificante que haya sido. Yo sólo quise ampliar el impulso de Levi, llevándolo al terreno de la metáfora.

P · Parece que el libro se puede leer como novela de redención de los olvidados, de aquellos que se han borrado a su pesar de la Historia sin la oportunidad de dejar huella. ¿lo ve así, más allá del Holocausto?

R · Sí, creo que se podría decir así: es una novela que trata de rescatar del olvido a los que están destinados a él por la enorme y terrible maquinaria de la Historia. Claro que, en el marco de la novela, son los judíos asesinados en Europa por los nazis y sus asociados –polacos, ucranianos, rumanos, y cómplices de todas las nacionalidades- los que quiero rescatar y no a otros. Pero creo que mi novela –por eso es novela y no historia- es una gran manera de decir: nunca hay olvido, por mucho que creamos que existe, siempre habrá alguien que diga un nombre, y con un nombre se dice un pueblo, y con un pueblo se habla de los muertos y de los vivos, y de sus vecinos.

Vista general de la carretera de entrada

P ·  No prescinde usted de la descripción mecánica, seca, del genocidio. ¿Cree en la banalidad de la maldad?

R · Creo que en esa época se dieron unas circunstancias, en las que podemos caer otra vez, al menos en Europa, por las cuales la sociedad se vio atrapada por una burocracia vital a la hora de ejecutar el mal absoluto, que es la planificación y realización del crimen como genocidio amoralizado. Esto es lo peor. Pero para poder hacerlo entender era fundamental crear un estilo descriptivo sin evitar lo más crudo, lo más real. Porque lo banal que hay al llevar a cabo el mal consiste en la desvinculación con el hecho final del crimen. Y el hecho final es lo que más cuesta imaginar. No escatimé recursos a la hora de presentar el horror y sus efectos.

P · En su libro habla mucho de la casualidad. ¿Es posible en su opinión que el Holocausto era fruto del azar, circunstancia y coincidencia que podía haber sido evitada?

R · No, no era fruto del azar, sino de una planificación metodológica que tenía muchos años, cuando no siglos, de precalentamiento ideológico. De eso ha escrito –y muy bien, como siempre- Hannah Arendt. Las casualidades a las que me refiero son aquellas que tienen que ver con las coincidencias, con cierto juego de dados del destino, algo que está presente en todas mis obras y que responden a una visión de la vida un tanto fatalista, pero también muy entregada a la fascinación por ver cómo todo está sutilmente relacionado, como una gran red.


 

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