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La bruja del Andén (II)
Por Elisa García Díez

— Un billete de ida a Roma para mañana, por favor- le dije a la joven que vendía los billetes de tren.
— ¿En primera o segunda clase?- me dijo.
— En primera, si fuera tan amable- contesté yo.

La chica se quedó mirando, unos instantes, la pantalla de su ordenador y al rato dijo:

La joven me entregó el billete y me fui a comer algo a un bar que estaba a unas manzanas de allí. Cuando terminé de comer, estaba agotado y con un dolor de cabeza horrible. Cada vez que me acordaba de Poe, me violentaba más. Sobre las cinco llegué a mi casa. Guardé todos los materiales de mis trucos en un gran maletín de cuero negro. Hice la maleta y me senté por última vez en aquel viejo y feo sofá. Me puse a pensar en todo lo que había ocurrido en estos días, pero estaba tan cansado que enseguida se me cerraron los ojos. Soñé con mi madre, que en paz descanse. Me echaba una de sus maravillosas y ensordecedoras broncas que, de niño, me perseguían a todas partes. Me desperté a las seis y media para poder llegar con tiempo a la estación. Me duché y desayuné un café bien cargado. Cogí el maletín con todos los materiales y la pequeña pero espaciosa mochila donde metí algo de comida para el viaje y algunos objetos personales. No necesitaba más. A las siete y cuarto llegué a la estación. Después de tres cuartos de hora esperando, por fin, llegó el tren. Me senté donde pude ya que estaba lleno. Cuando estábamos llegando a Zurich el tren se paró en seco y anunciaron por megafonía que el tren había sufrido una avería y que, cómo no, nos devolverían el dinero en la taquilla. Todos salimos de allí tan rápido como pudimos para poder llegar los primeros a la taquilla. El afortunado que llegó el primero fue un señor bajito y regordete. Vestía muy elegante y no tenía demasiado pelo. Cuando recogí el dinero, me encontré con un grupo de cuatro españoles que se ofrecieron a llevarme hasta Milán. Apenas entendía lo que decían pues mi español era pésimo. Fuimos andando hasta llegar a un coche rojo, un Fiat rojo.

Después de varios días en la carretera, llegamos a Milán. Mis amables compañeros me dejaron cerca de una parada de autobuses. Miré cuánto dinero me quedaba. Tenía el suficiente como para poder comprarme un billete de ida para Roma. Miré el monitor y vi que salía uno a las cuatro de la tarde. Compré un billete y me fui a un quiosco cercano a la estación. Recordé todo el italiano que anteriormente me había enseñado mi abuelo cuando era un crío. Adquirí varias revistas para poder entretenerme en el viaje. Subí al autobús y busqué un asiento libre. Por suerte, nadie se sentó a mi lado. El viaje se me hizo muy pesado hasta que llegó ella, una mujer de avanzada edad, de pelo oscuro. Tenía los ojos claros y penetrantes. Su mirada era fría pero sincera y en sus labios se dibujaba una sonrisa amable. Ella estaba al fondo del autobús. Cada cierto tiempo se iba acercando a mí sigilosamente hasta que al fin, se sentó a mi lado.

Estuvimos todo el trayecto hablando. Yo le conté todo lo que había pasado y ella me contaba y me contaba anécdotas suyas. Cuando hablaba con ella, tenía la sensación de que la conocía de toda la vida. Sobre las nueve llegamos a Roma; ya que era tarde y sentía que quería o necesitaba seguir hablando con ella, la invité a cenar a un restaurante de la piazza Navona. Mientras cenábamos, yo le iba contando mil cosas, mil anécdotas. Después, mientras la acompañaba a su casa, ella me contó un gran secreto. Me contó el truco de hacer desaparecer a las personas y los objetos. Pero el problema que tenía ese truco era que un objeto desaparecía y aparecía en otra parte pero una persona no volvía a aparecer nunca. Yo le prometí guardar el secreto.

Dejé a aquella mujer en su casa y después busqué algún lugar donde poder alojarme por allí cerca. Encontré un pequeño hostal cerca de la Fontana di Trevi llamado el Hostal San Rafael. Pedí una habitación individual, la más barata que tuvieran. En cuanto me la dieron, me tumbé en la cama y me puse a pensar en lo que me acababa de enterar. Me acababa de enterar del truco por el que miles de magos han perseguido, luchado y casi pagado por conseguir. Esa noche no concebí el sueño.


 

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