Como en
La muerte de un burócrata, aquí el cine de Gutiérrez Alea accidenta
el reposo de un cadáver, ahora por la falta de gasolina y no pocos líos
burocráticos. De nuevo auxiliado por Juan Carlos Tabío, la sátira salpica
algunos escaños de la sociedad y alumbra quiebras de una perfección
no siempre loable. El origen de la polémica que despertó esta película
nació en la razón misma de una comedia que no invitaba a la carcajada,
sino a la crítica, siempre más necesaria y, por supuesto, más riesgosa.