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Publicada
en La Gaceta de Cuba, La Habana,
septiembre/octubre de 1993.
A propósito
de Fresa y chocolate.
Rebeca Chávez.
¿Cómo surge
el proyecto de Fresa y chocolate?
Surge de una inspiración. Así he hecho todas las películas.
Ves una cosa, lees algo y empiezas a pensar. Así fue con el cuento
de Senel El lobo, el bosque y el hombre nuevo. Es un relato que
tuvo una gran resonancia, ya tiene cuatro versiones teatrales y
varias ediciones. Pero no fue a partir de esa resonancia del texto
que decidí hacer la película. Yo leí el manuscrito antes de que
fuera premiado, antes de que se conociera. Terminé de leerlo y me
dije: aquí hay una película redondita,
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oportuna,
que puede ser interesante, y llamé a Senel. Él estuvo de acuerdo.
Cuando la impresión es muy fuerte, como en este caso, y todo se
conjuga, el proyecto avanza. Senel se puso a trabajar, si no se
hubiera puesto a trabajar como lo hizo no hubiéramos llegado a nada.
Discutimos muchísimo sobre como llevar a cabo el guión y ahora me
parece que la película puede ser importante, no sólo para mí, para
mi carrera o mi filmografía, sino por la situación que vivimos.
Es una película que se inserta muy bien en los momentos actuales,
cuando hay que tomar conciencia de muchos errores cometidos a lo
largo de estos años. Hace falta cambiar en muchos sentidos y esta
película apunta sobre uno de estos aspectos: la actitud de intolerancia
que ha habido durante mucho tiempo sobre un sector de la población,
la homosexualidad. En definitiva, la intolerancia sobre un sector
denota la intolerancia sobre otras muchas cosas. Pero uno no hace
las películas para transformar la realidad o para cambiar algo.
Uno hace las películas porque el cine, en primer lugar, te debe
proporcionar disfrute, y en ese sentido esta película puede ser
muy atractiva, conmovedora, con humor y al mismo tiempo con una
carga emotiva muy fuerte.
¿Qué significa en tu obra: continuidad o ruptura?
Mirando hacia atrás me he dado cuenta de que cada película que he
hecho ha sido un intento de romper con lo anterior. Hice una comedia,
Las doce sillas, después, Cumbite, que es una excepción dentro de
mi filmografía; luego otra comedia, La muerte de un burócrata, y
de ahí salté para una película totalmente distinta: Memorias del
subdesarrollo; y de ésta a Una pelea cubana contra los demonios,
que no tiene nada que ver con Memorias..., la Pelea... es una película
histórica, exasperada, con otro estilo y otro tono. Siempre he ido
a una búsqueda en otro sentido. Nunca he tratado de perfeccionar
o de insistir en lo abordado en la película anterior. Fresa y chocolate
trata de nuestra realidad, toca directamente aspectos de nuestra
realidad con un sentido crítico y no tiene nada que ver con las
películas que le anteceden, Cartas del parque y Contigo en la distancia
(un corto de ficción no estrenado en Cuba), que son dos películas
de amor, puramente sentimentales, que no tienen nada que ver con
nuestro contexto.
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La crisis de conciencia de algunos personajes de Memorias del
subdesarrollo está también en Fresa y chocolate, a pesar de que
entre ambas median veinticinco años y el proceso creativo, por ejemplo
en la elaboración del guión, ha sido absolutamente diferente. ¿Se
trata de una coincidencia, de una voluntad?
En todas mis películas hay rasgos comunes, continuidad, algo que
permite comprender que están hechas por una misma persona. En este
caso, entre aquella película y este proyecto la conexión es evidente.
No sólo la crisis de conciencia de los personajes es un punto de
contacto. Estoy seguro de que hay muchos más, algunos conscientemente
planteados. Diría que el contexto en que se desarrolla Fresa y chocolate
tiene mucho que ver con el de Memorias... Hubo momentos, en las
conversaciones iniciales en torno al guión, en que la presencia
de esta película era muy fuerte.
La relación entre el cine y la literatura es vieja y no siempre
feliz. Para muchos, el texto literario posibilita al lector crear
su propio universo, mientras que el cine no, te ciñe a una sola
imagen...
Esa es la diferencia esencial entre literatura y cine, entre la
palabra y la imagen. No quiero dar una lección teórica, el cine
también está acompañado por la palabra. La literatura te sugiere
y el cine te precisa. Te enmarca de una manera más exacta determinadas
cosas. Por eso pienso que por lo general los escritores se sienten
traicionados cuando ven sus obras en la pantalla, ellos habían imaginado
una cosa y lo que sale es ya otra que empieza a operar por su cuenta.
Yo pienso que cuando un escritor escribe, el texto se le va de las
manos porque cada receptor va a imaginar a un protagonista -su protagonista-
con rasgos muy determinados. El cine unifica en una sola imagen
tantas interpretaciones posibles de esa literatura. Nunca he pensado
que es productivo o que vale la pena -a mí no me interesaría jamás-
hacer una traducción de un cuento o de una novela al cine. Se han
hecho y algunas tienen valor, pero para mí no tiene ningún interés.
Como materia prima para hacer una película, la literatura me interesa
como me interesa cualquier otro aspecto de la realidad. No es que
uno sea superior a otro ni que esté situado por encima o por debajo.
Son distintos, diferentes concepciones artísticas. La literatura
te puede describir lo que está dentro del personaje, sus motivaciones,
de una manera más directa, te va caracterizando el personaje con
palabras. ¿Cómo traduces tú eso en imágenes? No te queda más remedio
que meterlo dentro del personaje, actuar desde él. Los ojos del
actor son la cosa más expresiva del mundo, la fascinación que ejercen
las miradas, eso que se da con los primeros planos... Cuando David
-el personaje de esta película- se queda solo en la Guarida (que
es el escenario fundamental y de mucha importancia) y se pone a
mirar, nosotros tenemos que ver lo que él está mirando y tienen
que ser cosas que al espectador también de alguna manera le fascinen,
para que se corresponda con la actitud del personaje. Se trata de
una síntesis visual que es decisiva. Son cosas que en la literatura
se dan de otra manera, con palabras.

Senel ha precisado muy bien que el tema de su relato es la intolerancia.
¿Ese es también el tema de la película?
Sí. Intolerancia que puede ser frente a los homosexuales como frente
a tantas cosas que se salen de lo que se ha establecido como norma,
esquema o camino estrecho a seguir.
¿Consideras presente en la realidad cubana de hoy esa intolerancia?
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Sí. Por supuesto
que sigue presente. El cuento -y también la película- se desarrolla
hace veinte años, cuando se hicieron más agudas la homofobia y las
manifestaciones hasta de persecución a los homosexuales, situaciones
realmente abominables, situaciones extremas, que hoy afortunadamente
no se producen. Un cierto rechazo y una incomprensión de ese fenómeno
sigue manifestándose, no sólo en esta sociedad, sino en todas partes
del mundo. Es un problema en cuya comprensión en algunos lugares
se ha avanzado más y en otros menos, en asumir que ese fenómeno
no es una enfermedad, no es una aberración, no es una degeneración,
no es nada de eso. Es una condición o una manera de ser diferente
cuya existencia uno tiene que aceptar.
¿Un filme gay?
No. Cuando hablo de incomprensión, hablo de incomprensión de
un lado y de otro. También de parte de los homosexuales. Y a veces
tú lo justificas, porque cuando la gente se ve arrinconada en un
ghetto su manera de ver las cosas se distorsiona. Estoy cansado
de ver homosexuales que piensan que todo el mundo lo es, que vuelcan
su condición hacia todo el mundo y esa también es una manera de
distorsionar la realidad. De modo que hablar de una película gay
porque trata el tema, me parece exagerado. La película no toma partido
por los homosexuales ni es una película que promueve la homosexualidad.
No, no se trata de eso, se trata de mostrar una situación sobre
la que ha habido una incomprensión, y punto.
¿Qué promovería la película?
La comprensión hacia el fenómeno de la homosexualidad. Ese
sería el mejor mérito que podría tener
.
Desde Memorias del subdesarrollo La Habana no había tenido un
papel tan protagonista...
La Habana es una ciudad espléndida y forma parte del contexto en
que se desarrolla esa trama. Ojalá apareciera en más películas.
La Habana es mi ciudad, una ciudad que he aprendido a disfrutar
a medida que han ido pasando los años y me duele mucho el proceso
de deterioro que está sufriendo en este momento. Emocionalmente
tiene para mí un gran significado y quisiera fotografiarla toda,
quisiera conservar cosas, por lo menos hacer una llamada a la conciencia
de la gente de lo que se está perdiendo. En la película pretendemos
incluso decirlo directamente, no sé si será suficiente y si lograremos
transmitir un poco ese esplendor que se está perdiendo y que duele
tanto.
Para ti, ¿qué sigue siendo el cine?
Un instrumento valiosísimo de penetración de la realidad. ¿Cómo
podría explicarlo? El cine no es retratar simplemente. El cine es
manipular. Te da la posibilidad de manipular distintos aspectos
de la realidad, crear nuevos significados, y es en ese juego que
uno aprende lo que es el mundo. Yo tenía muchas inclinaciones: por
la música, por la literatura, por la pintura, incluso por las cosas
manuales: la mecánica, la carpintería, los trucos de magia, todas
esas fueron cosas que poblaron mi niñez. Tenía una aparente dispersión.
Sin embargo, todo eso se sintetizaba en el cine y el día que tuve
por primera vez una cámara de 8 milímetros en las manos fue la revelación,
la certeza de lo que iba a ser, porque a través del cine podía desarrollar
todas esas inclinaciones conjuntamente.
¿Por qué las mujeres no son personajes importantes en tus películas?
Mira, de veras no te puedo responder esa pregunta. No lo sé, pero
es cierto, no he desarrollado en mi obra personajes femeninos en
la misma medida en que he desarrollado personajes masculinos. Es
un mundo en el que quizás no he penetrado lo suficiente. Pero he
hecho intentos.
¿Y Mirta Ybarra?
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Un intento más.
Con Mirta ha sido la madurez. Desde hace veinte años estamos juntos
y efectivamente hay una relación muy estrecha, muy rica, pero no
fue fácil. Mirta empezó a trabajar en mis películas después de ocho
años de estar juntos, hasta eso es un dato significativo, pero a
partir de ahí hemos hecho varias cosas y hubo un salto de calidad
en la relación, se profundizó tremendamente. También en Fresa y
chocolate Mirta tiene una participación importante y trabajar con
ella es especialmente grato.
¿Cómo será esta película?
La primera palabra que me viene a la mente es que debe ser
una película conmovedora, que a través del sentimiento, de la emoción,
toque determinados problemas y a partir de ahí incentivar y estimular
una reflexión en el espectador sobre los problemas que afrontan
los personajes. La película va a ser -quisiera que lo fuera- una
película conmovedora, cargada de humor y de emoción.
Cuba está en un momento muy especial, ¿esta va a ser una película
polémica, dura?
¿Dura?
La película va a enfrentar a la gente con realidades que están
dentro de uno, pero que uno no quiere ver...
Ah, bueno, en ese sentido sí. Para mí va a ser lo más interesante.
Estoy convencido de lo que estamos diciendo con la película. Sé
que hay mucha gente que no acaba de entender eso y pienso que la
película puede contribuir a que muchas de esas cosas se entiendan.
Siempre te asocian con posturas críticas...
Siempre he tenido una actitud crítica. La he mantenido. Creo
que es lo más productivo que he podido hacer en mi vida. Este cineasta
se mete con lo que cree que está mal en el socialismo. Alguien me
decía, y estoy plenamente de acuerdo, que el guión del socialismo
es excelente, pero que la puesta en escena deja mucho que desear,
y por lo tanto debe ser objeto de crítica. Es la mejor manera de
contribuir a su mejoramiento.

El arte es ¿disfrute, polémica, necesidad?
Creo que el ejercicio del arte en esta sociedad, como en cualquiera,
llena una necesidad del hombre de darse gusto, de disfrutar la vida.
El arte no es más que eso: una manera de tratar de disfrutar la
vida, tratando de comprenderla mejor, tratando de sacar lo más positivo.
Creo que hasta ahí vale la respuesta. Ahora, en una sociedad como
la nuestra, que está atravesando un período muy crítico, de transformación
violenta, el arte -como todas las cosas- sufre esa situación y tiene
que hacerse eco de alguna manera de esa situación. Hay que distinguir
lo que es el cine y lo que es, digamos, la música. La música es
un arte tan abstracto que no incide directamente sobre la realidad,
pero el cine sí. El cine no puede evitar nutrirse directamente de
aspectos de la realidad y conformar con ellos una obra, que por
fuerza tiene que tener una significación y una incidencia sobre
la realidad misma. Si hablamos de cine en este momento, nuestro
cine, aparte del goce y disfrute que encierra, que es básico, también
por fuerza tiene necesidad de adoptar una posición frente a la realidad,
un criterio, ejercer de alguna manera la crítica frente a la realidad
y a la vez ser objeto de crítica. Creo que la crítica es fundamental
en cualquier proceso de desarrollo. La única manera de que se desarrolle
una sociedad es teniendo conciencia crítica de sus problemas. Cuando
se cae en el juego de ocultar los aspectos feos de la sociedad,
entonces estos se perpetúan. Y eso me parece que es lo peor que
nos podría suceder. En esta Isla, a noventa millas de los Estados
Unidos, país con el que existe una tensión muy grande, cuando ejercemos
la crítica mucha gente salta y dice: si criticas nuestra realidad
le estás dando armas al enemigo. Yo francamente no creo en eso.
No creo eso. Hay muchas maneras de hacer la crítica, se puede hacer
desde afuera y desde adentro. Cuando el enemigo nos critica, nos
critica para destruirnos; pero cuando nosotros criticamos nuestra
realidad lo hacemos justamente para todo lo contrario, para mejorarla.
Cuando uno adopta esta actitud y está consciente de la necesidad
de la crítica, uno tiene que saber que a su vez también es objeto
de crítica y de que va a recibir una respuesta. Hay un enfrentamiento,
una lucha o, en el mejor de los casos, un diálogo, y creo que es
lo más sano que nos puede ocurrir. No ha sido fácil. Creo que no
mucha gente lo comprende así. Muchos se atrincheran, se cierran,
y otros utilizan el poder para tratar de cortar el ejercicio de
la crítica y es una lucha que no es fácil. Recientemente, una película,
Alicia en el pueblo de Maravillas, se convirtió en el eje de un
escándalo. ¿Se trataba acaso de una película contrarrevolucionaria?
Yo estoy convencido de que Alicia... es una película honesta que
pretendió ejercer la crítica de algunos aspectos de nuestra realidad
con el sano propósito de contribuir al proceso de "rectificación
de errores" que se había proclamado un tiempo atrás. Contra Alicia...
se cometió una gran chapucería política que sólo sirvió para poner
en evidencia la falta de confianza que padecen muchos funcionarios
en la capacidad de la revolución para asimilar la crítica y asumirla
como un instrumento eficaz en el proceso de construcción de una
sociedad más justa. El saldo positivo de ese lamentable incidente
fue haber visto como los cineastas respondieron unidos frente al
atropello sin dejarse manipular por fuerzas contrarias a la revolución.
Hay que señalar también como signo alentador la actitud del Consejo
Nacional de la UNEAC.
A 25 años del paseo de Sergio, el protagonista de Memorias...
por el Malecón, ¿cómo ves a la Revolución Cubana?
Lo primero que habría que señalar es que yo no tengo nada que ver
con Sergio. Es decir, puedo transitar los mismos caminos, los mismos
lugares que Sergio, puedo incluso compartir muchos de sus criterios,
de sus opiniones críticas sobre nuestra sociedad, pero hay una diferencia
esencial: Sergio es un espectador pasivo de la realidad, yo no.
He participado siempre, desde antes de la revolución, en la lucha
por la revolución, y a lo largo de estos años he participado activamente.
Me parece que es una diferencia fundamental. Ha sido para mí un
privilegio extraordinario haber vivido toda esta etapa de la historia
de mi país, que ha sido dura pero al mismo tiempo ha servido para
rescatar la dignidad del ser humano en nuestro país, lo cual te
llena de alegría. Pensaba en aquel momento, y lo sigo pensando ahora,
que la revolución demostró que podíamos prosperar y desarrollarnos
sin necesidad de estar sometidos a otro país, es decir, podíamos
alcanzar una relativa independencia económica. Como dice Sergio
al final de Memorias..., cuando está frente a la posibilidad de
un final apocalíptico durante la Crisis de Octubre: "Es una dignidad
muy cara". Yo pienso que sí, que es una dignidad muy cara, que hay
que pagar un alto precio, pero lo importante es que estábamos dispuestos
a pagarlo y estamos dispuestos a pagarlo en la medida en que hay
una posibilidad de alcanzar esa independencia y esa dignidad, dignamente.
Ese era nuestro sentir hace veinticinco años cuando hicimos Memorias...
y sigue siendo ahora, pero en estos años han cambiado muchas cosas.
Hoy la revolución se ve amenazada no sólo por el colapso del campo
socialista, sino que también está amenazada desde adentro, por enemigos
encubiertos o manifiestos, y sobre todo, pienso yo, por nuestras
ineficiencias. Creo que tenemos que reflexionar mucho sobre esto
y se imponen cambios dentro y fuera, es decir, se imponen cambios
en los mecanismos nuestros, de nuestra economía, pero también se
imponen -por injustos y absurdos-, cambios afuera. Se impone el
cese del bloqueo de los Estados Unidos hacia Cuba, que es una agresión
inhumana. Estoy seguro de que una vez eliminado el bloqueo, todo
sería, no más fácil, pero implicaría otros cambios dentro del país.
Esa es la diferencia que hay entre aquel momento y este. La crisis
de este momento es una crisis mucho más grave y tenemos que pensar
qué hacer para no regresar a una situación de dependencia, de capitalismo
dependiente como el que teníamos antes del triunfo de la revolución.
Volviendo a la película, háblame de la dirección compartida con
Juan Carlos Tabío.
Ha sido un trabajo muy colectivo, realmente, muy con todos,
pero lo que más satisfacción me ha dado es el trabajo con Juan Carlos,
porque es una situación muy difícil esa de compartir la dirección
de una película. Es difícil. Y puede originar muchas tensiones.
Y aquí estábamos ante el hecho de que teníamos que hacerlo. ¿La
respuesta de él? La mejor. A partir de una amistad, se entrega a
una película que no era de él y empieza a trabajar y a hacer esfuerzos
que yo no quisiera estar en su piel, porque eso de hacer una película
para que le guste a otra persona debe ponerlo a uno con mucha tensión.
Creo que en todo sentido ha sido una gran experiencia, no sólo desde
el punto de vista del trabajo, de la película, sino también desde
el punto de vista humano. Es un reto que no todo el mundo puede
asumir.
Hacer cine en Cuba.
Parto del criterio de que el cine en nuestro país es un lujo,
dadas las condiciones en que nosotros tenemos que movernos. Digo
un lujo y quiero que se entienda no como un derroche, sino como
algo a lo que se aspira y que se ha podido ejercer. Creo que hemos
sabido llevarlo a cabo de la mejor manera. ¿Por qué? Porque no hemos
pretendido hacer el cine al estilo de Hollywood como en otras partes,
y digo Hollywood porque es el cine que ve todo el mundo, el cine
que se vende. Desde el principio fuimos muy conscientes de que no
podíamos competir con una cinematografía que tiene todos los recursos
del mundo y de los que nosotros carecíamos. Teníamos una realidad
muy rica, muy dinámica, y aspirábamos a tener la suficiente creatividad
para, a partir de ahí y con los elementos esenciales -cámara, luces,
grabadora-, hacer películas que fueran interesantes y que nos colocaran
en otro terreno, distinto al del cine norteamericano. Creo que eso
fue lo que hicimos y lo hicimos bien. Hoy el país está en condiciones
todavía mucho más críticas y estamos haciendo una película que es
casi un milagro que se esté haciendo, porque en el país falta de
todo; sin embargo, estamos moviendo escasos recursos y a partir
de imaginación y de trabajo y de entrega personal estamos logrando
lo que nos proponíamos. Ni más ni menos. Creo que lo estamos logrando.

©Tomás
Gutiérrez Alea 2001
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